January 10, 2009

En Persona



Estaba un tanto desanimada porque no había podido tomar más de 7 créditos este term y sentía que desperdiciaba mi tiempo y mis ganas de estudiar. Resulta que a esta edad estoy estudiando una carrera totalmente distinta a la que estudié hace 20 años y eso le ha dado una renovación total a mi mente y a mi espíritu. Héme aquí intentándolo de nuevo, demostrándome a mí y a todos que nunca es tarde.

El primer día de clases, después de cumplir con mi horario, me aventuré al Central Campus a ver si podía inscribir otra materia - ya que por internet había sido imposible - contactando a la profesora que una amiga me había recomendado. Llegué a esa sede y ví que los choferes se han vuelto expertos en cazar el menor hueco para estacionarse. Me dispuse a cazar uno para mí y una vez hecho, me dirigí caminando al edificio principal y lo encontré hermético en cuanto a espacio se refiere, bien distinto al que yo estaba acostumbrada, en el que uno se siente casi al aire libre. Salí de ese gran edificio por la parte de atrás y comencé a seguir por instinto a un muchacho que salía de la cafetería e iba comiéndose algo mientras caminaba. Atravesó un camino de tierra con la familiaridad de quien conoce el lugar y luego se metió hacia un edificio sin decirme adiós. Entonces me dejé llevar por la mano invisible, silenciosa y definitivamente baquiana que me guiaba; pasé la biblioteca y otros edificios hasta que me encuentro con la parte de atrás de un edificio lleno de gente con uniforme de enfermería, así que entré, pregunté por quien buscaba y mi interlocutora me respondió: “es ella,” señalando a la persona de al lado. Le expliqué mi caso y me dijo que me apersonara el jueves a las 4:00 p.m. a ver - si no aparecía alguien - si tenía chance de inscribirme para la clase. Ese primer sí y mi caminata expedita anunciándome que las condiciones estaban dadas, sirvieron para ilusionarme con la posibilidad de poder tomar la clase.

Hoy, interesada en una segunda aprobación, me fui una hora antes, no fuera a ser que tuviera algún percance en el camino y aunque llegué 15 minutos antes de la hora al aula, ya había una docena de personas. Cuando entró la profesora, el salón estaba atestado de gente; éramos unas 80 personas. A las dos horas, momento del brake, le recuerdo a la profesora mi situación a lo que me respondió con su cara de buena persona que no veía problema en que me inscribiera y procedió a llenar una tarjeta de inscripción para mí. Yo en el acto fui derechito a inscribirme, con mi sonrisa de oreja a oreja, pero fue cuando me lavé las manos como todo aquel que trabaja en pro de la salud, que se asomó una sonrisa distinta en mi boca, esa sonrisa que conozco aún antes de que se manifieste, porque sale de mi alma; se muestra cuando me siento bien con lo que hago, porque de alguna forma marca mi camino a seguir de hoy en adelante. Hoy fue la primera vez que me sentí enfermera, y para allá voy si Dios lo permite.

1 comment:

* M a r u said...

Felicidades Negrita Linda... yo sueno con el dia en el que me vuelva a ver esa sonrisa!!!!! (quiero ser Chef, jajajaja). Mil besitos! Gracias por pasar...