April 3, 2009

Un Angel en Parque Central


Acostumbraba a viajar en avión con frecuencia cuando éramos ricos pero no lo sabíamos. Esa época en que todavía la clase media podía disfrutar de viajar en avión cuantas veces lo necesitara (o al menos casi todas). Para estudiar en la Universidad me había mudado a la capital; sin embargo, mi familia y amigos de siempre me atraían inequívocamente a mi pueblo querido.

El vuelo de regreso de aquel día, como cosa común, se retrasó unas horas. Al llegar a mi destino descubrí una noche negrísima, libre de luna. Agarré una buseta del aeropuerto que me dejaría en Parque Central a eso de las 9:30 p.m. En esa última parada siempre habían taxis esperando pasajeros, pero esa noche quizás la negrura que nos cubría había hecho que todo peatón inteligente abordara un taxi lo más pronto posible. Armada de valor y acostumbrada a esas lides, me encomendé a Dios al momento de hacerle señas a un taxi que iba pasando para que me recogiera. Inmediatamente, llama mi atención un carro estacionado a pocos metros de mí, oscuro como la noche, lujoso, de modelo tradicional pero del año, que por mi ignorancia automovilística no logro determinar la marca. Dentro de él me hacían señas para que me acercara y como obedeciendo a una hipnosis me acerqué al mismo. El carro tenía acientos de cuero y era mucho más espacioso por dentro de lo que se veía por fuera. En él se encontraban cómodamente cuatro personas: un chofer y sus ocupantes. La única mujer, de unos 60 años, me habla con angustia reprimida, diluida en una calma y bondad que adiviné en el tono de su voz. “Hija, qué estás haciendo a estas horas de la noche sola?” Le expliqué, “vengo del aeropuerto.” “Móntate con nosotros, que te llevamos a tu casa.” “Gracias, pero ya paré un taxi.” “No mi amor, te puede pasar algo. Móntate, que apenas te ví sentí que debía recogerte.” Sin otra explicación, acepté y le hice señas al taxista que me esperaba para que se fuera. Los demás hablaban poco, pero el ambiente era grato. Era ella quien llevaba la batuta, la dueña y señora.

Las calles estaban casi desiertas. Al parecer, la noche asustaba a muchos y habían optado por retirarse a sus casas. En el viaje hablamos más de mi vida que otra cosa. Ella tenía una hija como de mi edad que vivía en el exterior. Me sentía con una tía, actualizándola de mi vida, y así, más rápido de lo que esperaba me dejaron en mi casa. Le agradecí el gesto. Ella me estampó un beso en el cachete y me echó la bendición. Ella había sido un ángel de la guarda, quien movida por un sentimiento maternal, se había arriesgado a tenderme la mano; sin importar dónde yo viviera me hubiera llevado hasta el fin del mundo sana y salva.

Las dos nos arriesgamos en cierta medida y seguimos nuestros instintos sin entenderlo. Quizás pudo ocurrirme algo malo si no abordaba su carro. Nunca lo sabré. Lo que sí sé con certeza es cómo nos volvemos padres de todos los niños cuando tenemos el nuestro. De alguna manera, ella estaba haciendo lo que le hubiera gustado que hicieran con su hija. Hoy, muchísimos años después todavía recuerdo lo que sentí al bajarme del carro. Con mi maleta a cuestas mientras caminaba a la puerta de mi edificio, me sentí como si tuviera 6 años y mi papá me estuviera llevando cargada a mi cama.

1 comment:

mundos said...

Que nota!!! suerte no te paso nada...que confianza la tuya...a ti siempre te pasan cosas buenas porque es la energia que emanas!! un bestoe